¿QUÉ SABEMOS DEL TRASTORNO POR DEFICIT DE ATENCIÓN CON HIPERACTIVIDAD (TDAH)?

El trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH) comienza a ser investigado a principios del siglo XX. Pero fue en la década de los 90, cuando el interés por este desorden del desarrollo aumentó de forma progresiva. Desde entonces, miles de jóvenes con dificultades escolares han sido diagnosticados con este trastorno. De hecho hoy en día representan entre el 20 y el 40% de los diagnósticos en las consultas de los servicios de psiquiatría infantojuvenil (Green A y Rabiner D 2012). ¿Pero qué sabemos exactamente sobre el TDAH?  

Las características esenciales para determinar este trastorno son la falta de atención y/o la impulsividad. Para su diagnóstico es necesario que los síntomas se mantengan en dos escenarios distintos, en casa y en la escuela. El diagnóstico se realiza no en base a los síntomas, sino a la disfunción que causan (Pichot P, Lopez-Ibor J, Valdés M 1995). Varias publicaciones y profesionales describen este desorden como mixto (es decir, que sobre su desarrollo influyen causas biológicas y psicosociales) y con base genética (Wankerl B, Hauser J, Makulska-Gertruda E et al. 2014). Sin embargo no existe un marcador biológico que permita precisar irrefutablemente este diagnóstico con análisis, pruebas de neurofisiología o de neuroimagen (Wankerl B, Hauser J, Makulska-Gertruda E et al. 2014). 

Algunos autores han publicado resultados sobre el tratamiento en TDAH. En esta cuestión suelen coincidir que el procedimiento más eficaz para mejorar la atención es la intervención psicopedagógica (Abad L, Ruiz R, Moreno F et al. 2013). Entre los métodos utilizados destacan entrenamiento en funciones ejecutivas, modificación de conducta y entrenamiento familiar. Se han publicado prometedores resultados obtenidos de la intervención en este desorden mediante técnicas novedosas como Mindfulness, que a pesar de ser una metodología todavía en análisis, se ha mostrado eficaz en la mejora de la atención de jóvenes diagnosticados con TDAH (Black D, Milam J y Sussman S 2009). En cuanto al tratamiento farmacológico, algunos autores coinciden en que solo debe aplicarse en casos severos y siempre en combinación con la terapia psicopedagógica. Es necesario apuntar que el tratamiento farmacológico no cura el TDAH, únicamente ayuda a paliar sus síntomas (Weyandt L, Oster D, Marraccini M et al. 2014).

El principal fármaco utilizado en el tratamiento del TDAH es el metilfenidato. Este fármaco está también aprobado para el tratamiento de la narcolepsia debido a que su acción en el cerebro aumenta los niveles de dopamina y noradrenalina. Estos neurotransmisores son comúnmente conocidos por su importancia en la actividad motora (Baron A, Maleszka R, Vander Meer R et al. 2007) y la respuesta de estrés (Tanaka M, Yoshida M, Emoto H et al. 2000). Y ¿cómo puede un psicoestimulante ayudar a calmar la impulsividad y aumentar la concentración? Al parecer la dopamina y la noradrenalina aparecen en cantidades elevadas en el cerebro de la persona con TDAH, debido a que el sistema que regula las cantidades de estos neurotransmisores no se activa adecuadamente. Supuestamente una elevación de los niveles de estos neurotransmisores, provocada por el metilfenidato, sí activaría el sistema de regulación (Valverde M e Inchauspe J 2014).  

El metilfenidato es un estimulante, similar a la anfetamina, que existe desde hace más de 60 años. Sin embargo, fue a raíz del auge del TDAH en los años noventa cuando se hizo más popular (Urban K y Gao W 2013). En Estados Unidos se diagnostican con TDAH entre el 2 y el 8% de los niños/as escolarizados. El porcentaje de jóvenes medicados con metilfenidato alcanzó el 14% en 2011 y su consumo sigue en aumento en la actualidad (Naciones Unidas 2012). Por otro lado, a pesar de los años que han pasado desde que se utiliza este fármaco para el tratamiento del TDAH en jóvenes, apenas existen estudios longitudinales, que expliquen los efectos que esta sustancia puede provocar en el cerebro de un joven a lo largo del tiempo (Urban K y Gao W 2013).

Algunos profesionales de la salud mental y la educación, coinciden en apuntar el elevado índice de falsos positivos que existe en el diagnóstico de este trastorno. Es posible, como señala Alberto Fernández Jaén, neurólogo infantil del hospital Quirón de Madrid, que en parte se deba al desconocimiento que existe sobre el TDAH entre algunos profesionales de la salud y profesores (De la fuente I 2009). Pero otras causas pueden tener mucho que ver en este hecho. Y es que, como apunta el psiquiatra infantil y Profesor colaborador de Psiquiatría en las Universidad Autónoma de Madrid José Luis Pedreira, en una entrevista a el diario El País en 2009, «Hay que ser muy fino para no ser impulsivo a los siete años» (De la fuente I 2009). La impulsividad es una de las características más comunes en jóvenes, posiblemente debido a la inmadurez de su lóbulo frontal característica de su edad (Tottenham N 2014). Pero es también la impulsividad lo que les lleva a querer aprender cosas nuevas y descubrir lo que ocurre a su alrededor, en definitiva, a madurar. En la misma entrevista, Pedreira comenta que la falta de atención también puede ser una característica normal en jóvenes de esas edades «La atención tiene que ver con la motivación: el que no comprende no atiende, y en los burocratizados sistemas de enseñanza actuales no siempre se motiva al niño» (De la fuente I 2009). Pero Pedreira no ha sido el único en apuntar a los sistemas de enseñanza mayoritarios como culpables de la falta de interés de los escolares en los estudios. Sir Ken Robinson, experto en asuntos relacionados con la creatividad, la calidad de la enseñanza, la innovación y los recursos humanos; explica que a los profesores de enseñanza convencionales solo les interesa que se conteste lo que está en los contenidos del temario, lo que provoca la frustración de aquellos niños que son más arriesgados y a los que les gusta improvisar. Eso provoca que cada vez se atrevan menos a pensar de manera diferente por miedo a equivocarse. Tienen un comportamiento más rígido y convergente. Todo ello, en opinión del pedagogo, tiene su origen en una escuela anacrónica concebida durante la revolución industrial pensando en la producción en cadena. Un esquema que casa mal con una sociedad basada cada vez más en los servicios y el conocimiento (Silió E 2013).

BIBLIOGRAFÍA

Abad L, Ruiz R, Moreno F, Herrero R y Suay E. Psychopedagogical intervention in attention déficit hyperactivity disorder. Rev Neurol 2013; 57:193:203.

Baron A, Maleszka R, Vander Meer R, Robinson G. Octopamine modulates honey bee dance behavior. Proc. Natl. Acad. Sci. U.S.A. 2007; 104:1703-7

Black D, Milam J y Sussman S. Sitting-meditation interventions among youth: a review of treatment efficacy. Pediatrics 2009; 124:532-41. 

De la fuente I. Algo más que niños movidos. El País 2009, 14 de noviembre.

Green A y Rabiner D. What do we really know about ADHD in college students?. Neurotherapeutics 2012; 9:559–568. 

Pichot P, Lopez-Ibor J, Valdés M. DSM-IV Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. Barcelona: Masson SA.

Naciones Unidas Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes 2012; 45-127. Autor.

Silió E. La buena escuela no asfixia la creatividad. El país 2013, 8 de abril.

Tanaka M, Yoshida M, Emoto H e Ishii H. Noradrenaline systems in the hypothalamus, amygdale and locus coeruleus are involved in the provocation of anxiety: basic studies. Eur J Pharmacol 2000; 405:397-406.

Tottenham N. The importance of early experiences for neuro-affective development. Curr Top Behav Neurosci 2014; 16:109-29.

Urban K y Gao W. Methylphenidate and the juvenile brain: enhancement of attention at the expense of cortical plasticity?. Med Hypotheses 2013; 81:988-94.

Valverde M e Inchauspe J. Alcance y limitaciones del tratamiento farmacológico del Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad en niños y adolescentes y Guías de Práctica Clínica. Una revisión bibliográfica. Rev. Asoc. Esp. Neuropsiq 2014; 34:37-74.

Wankerl B, Hauser J, Makulska-Gertruda E, Reissmann A, Sontag T, Tucha O y Lange K. Neurobiology of attention deficit hyperactivity disorder. Fortschr Neurol Psychiatr 2014; 82:9-29.

Weyandt L, Oster D, Marraccini M, Gudmundsdottir B, Munro B, Zavras B y Kuhar B. Pharmacological interventions for adolescents and adults with ADHD: stimulant and nonstimulant medications and misuse of prescription stimulants. Psychol Res Behav Manag 2014; 7:223-49.